Gerardo Buenastardes, viejo y puto, es director de evaluación de escuelas de calidad. Me han enviado a este congreso de peda y ahogo. Por alguna razón está lleno de pedagogos. Yo movía los ojos en círculos tranquilo, sin molestar a nadie, hasta que el tal Buenastardes dijo:

-Buenos días-

-Buenas tardes, son las 12:03-

-Buenas tardes, me llamo Buenastardes-

-Y yo Hastamañana-

Dicho esto traté de huir, como estaba implícito en mi apropiado seudónimo, pero me sostuvo del brazo.

-No, muchacho, me estás mal entendiendo, yo sólo quiero hacer amigos; sería incapaz…-

El anciano intentaba por todos los medios establecer lazos. Aunque esos lazos me dejarían sus dedos tatuados en el brazo.

-Ok, ok, pero suélteme o grito-

-Sí, por supuesto, sería incapaz…-

No me soltaba. Empezaba a jadear. No sabría decir si se excitaba o le estaba dando un infarto. Al parecer era un anciano venerable de este concierto en Powerpoint, vinieron a ayudarle. Detuvieron el archivo pps que estaba ejecutándose y nadie pareció notarlo, pues el grueso siguió con los ojos puestos en el cursor del Mouse, como acostumbra la población en estos casos. Lo más importante en estas reuniones es saber elegir la plantilla de fondo de la presentación de Powerpoint. Debe caer bien. Si el clima está de por sí frío o si el aire acondicionado lo han puesto muy fuerte, es conveniente una plantilla de fondo de color beige o análogo, tal vez con algunos toques de hojas de arce en las esquinas del monitor. Ligero y otoñal, sí. No debe uno confiar en cómo luce en la pantalla del ordenador portátil, es imprescindible practicar con el proyector contra un muro blanco, si se carece del plástico desplegable reglamentario. Mientras el viejo moría, la computadora del conferenciante se colgó. Tuvieron que reiniciar Windows. Una lástima, considerando que cuando esto sucede todos aprovechan para acabar con las galletas y el café, lo que es un fastidio cuando se tiene hambre, sueño y un moribundo que se aferra a su vida pensando que ésta se halla encarnada en el brazo ya bastante adolorido de uno.

-Suélteme, suélteme- supliqué.

-Muchacho, ¿no ve que sufre?- dijo una cretácea señora con gafas que, no lo dice pero lo saben todos, fue a Jerusalem con la excursión de los Pare de Sufrir. Llevó a su perrito, vistió unos pantalones de algodón rosados, no entendió nada de lo que el pastor brasilero dijo, y se tomó fotos con un comerciante musulmán que quiso desposarla a cambio de un camello con tos. Su marido dijo que no, porque había curiosos mirando, y esa fue la última vez en su vida en que más o menos la desearon.

El viejo Gerardo terminó de morirse antes que todos acabaran de rememorar mentalmente el incidente en Tierra Santa, con excepción del marido de la susodicha, que se hallaba entre los presentes, que sigue y seguirá teniéndolo en mente por el resto de sus días.

-Se ha ido- dijo por fin alguien.

-Fue un hombre venerable- refrendó otro.

Sentí pena. Le negué la última pulsión vital que haya manifestado. Claramente hay sólo una sutil divergencia entre un "anciano venerable" y un "anciano penetrable" -los fonemas son casi idénticos-.

-Dedicó su vida a los niños de Sinaloa- dijo la señora, que se había puesto a llorar sin consuelo. Su marido aprovechaba la ocasión para hacer lo mismo, tenía sus razones.

Además, venerar, del latín venerari, significa literalmente: rendir culto; y hay quien encuentra analogía con: rendirse a su bulto. De todas maneras, rendir culto implica arrodillarse, y todos sabemos qué sucede cuando el sujeto A se arrodilla y el sujeto B, que se encuentra enfrente, no.

-En realidad,- dijo alguien que parecía conocerlo- el licenciado Buenastardes dedicó su labor a las escuelas secundarias-

-Se sacrificó por nuestros púberes,-apoyó otro de los improvisados deudos- incluso llegó a albergar varios becarios de escasos recursos en su hogar, ¡al mismo tiempo!, y les daba de comer de su propio plato-

-Para muchos de ellos fue tan tutor como sólo un maestro puede ser padre- concluyó un tercero.

-¡¿Qué?!- protesté.

-Más respeto, muchacho- me callaron.

Un ejemplo clásico de la relación maestro/aprendiz arrodillado se remonta a la época de oro ateniense. Todos sabemos cómo Sócrates le trasmitía su sabiduría a Platón y cómo éste a Aristóteles y cómo éste a Alejandro Magno. Unos fueron los más grandes pensadores y el otro el más grande conquistador.

-Una lástima para la educación de nuestro país, era un hombre tan sabio-

Una lástima que la sabiduría haya sido suplantada como la enfermedad venérea por excelencia. Yo sólo quería que el muerto me suelte el brazo, con mis propios ojos vi a lo lejos la última gota que caía del termo de café. Adiós, gotas.

-Adiós, Gerardo- murmuró alguien.

Tal vez si el viejo no hubiese venido de Sinaloa sino de alguna polis griega: Atenas, Tebas, Esparta, Corinto, Pérgamo, Megara, Argos, Mileto, entre otras: ¿su atrevimiento hubiese sido objeto de mi burla, como ahora? Me siento tan mal, cómo me duele el brazo.

-Hay que trasladar el cadáver- dijo uno muy decidido.

-¿Alguien me haría el favor de quitármelo antes? No es por molestar, pero tengo una cita muy urgente y…-

-Ésa no es manera de referirse a un difunto, menos a uno de su talla- replicó muy afligida la señora.

-Señora,- le dije con todo el respeto del que fui capaz- no conocí ni me hubiese gustado conocer la talla del…-

-¡Shh! Fue un hombre muy venerable- repitió alguien, dedicándome una mirada de replay futbolístico.

Si la necrofilia es la atracción sexual por los muertos, y este muerto todavía se siente atraído hacia mí, pero no existe nombre para su perversión, entonces: ¿Soy yo el necrofílico? ¿O quién? Todo esto es sumamente incómodo. Que Dios me ayude.

-Perdón, pero… ¿podría alguien ayudarme?-

Ya han pasado varias horas y ningún pedagogo ha podido abrir los dedos del cadáver, que por lo visto presionarán para siempre mi débil extremidad superior. No tengo escapatoria. Tomemos como ejemplo una cultura equis, suele suceder que alguien venerable muere y todo el entorno: esposas, gatos, ositos de peluche… ¡Adentro! Bajo tierra. Parece ser lo correcto. Sólo una cosa: yo no firmé como actor secundario de un mausoleo. Esto mismo le dije a la señora, quien se sulfuró y me reprendió afirmando tenazmente que la vida no era una película, era tan real como cuando ella tocó con el dedo índice el muro de los lamentos y no se lavó las manos por tres semanas, infectándose el chucuchucu pero accediendo a la gracia de Dios; o como cuando el obispo Dadinho le puso la mano en la frente y gritó en portuñol "¡Abandona seu corpo, Satanás!"; entre otras vivencias tan carnales que aún las sentía como si sucedieran en tiempo presente. Entonces se le puso la piel de gallina y se puso a relinchar. Yo cerré los ojos a tiempo, pero aún así pude ver la manera en que su marido saltaba por la ventana. Lastimosamente nos hallábamos en el Subsuelo 1 del edificio B del Hotel.

-AUXILIO, Auxilio, auxilio…-

Nadie parecía escucharme. Han llegado pedagogos de todo el continente. Le veneran.